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Mi suegra se levantó a darme una cachetada frente a treinta invitados, en la casa que ella presumía como “la casa de mi hijo”. Le detuve la mano en el aire, me quité el anillo de bodas y no dije nada más. Nadie entendía por qué estaba tan tranquila… hasta que a las nueve y cuarto se abrieron las puertas del salón.

Capítulo 5 de 16

La señora de la casa

Don Aurelio Castañeda, mi suegro, murió en agosto de 2021. Infarto, en la fila del banco.

En el velorio, doña Eugenia lloró poco y saludó mucho. Recibía a cada persona en la puerta de su casa de García Ginerés, una casa de dos pisos con jardín y reja blanca, de la que hablaba como si fuera un palacio.

A mí no me saludó. Cuando me acerqué a darle el pésame, me habló al oído, sin soltar la sonrisa para los demás:

“Tú le quitaste el pan a mi marido. Desde que lo dejaste, la ferretería no levantó cabeza. Que Dios te lo tome en cuenta.”

Yo tenía las facturas en la carpeta azul. Podía habérselas enseñado ahí mismo.

No lo hice. Era el velorio de su esposo. Y era el papá de Leandro.

Otra vez callé.

Lo que nadie sabía es que don Aurelio había hipotecado esa casa en 2018, un año antes de que yo le comprara un solo saco de cal, para tapar las pérdidas de su ferretería.

En 2022 el banco se la quitó.

Yo me enteré por accidente, porque una carta del juzgado llegó a nuestra dirección. Doña Eugenia había puesto la casona como domicilio para recibir notificaciones.

A sus amigas de la iglesia les dijo otra cosa.

“Vendí la casa. ¿Para qué quiero tanto espacio? Me voy con mi hijo, que tiene su casona en el centro.”

En enero de 2023 llegó con tres maletas y una vitrina de porcelana.

“Mientras tanto”, dijo. “Mientras encuentro algo.”

Escogió la recámara principal, la de mi abuela, la de abajo. “Por mis rodillas, hija. A mi edad ya no subo escaleras.”

Leandro me miró con cara de súplica. Yo cargué mis cosas al estudio de arriba.

En dos semanas, la casa ya era de ella.

Cambió los sillones de lugar. Quitó las macetas de mi abuela del patio porque “atraen mosquitos”. Cuando venían sus amigas a rezar el rosario, se presentaba como “la señora de la casa” y a mí me pedía café como si yo fuera la muchacha.

“Ara, mija, tráenos un cafecito. Ella es mi nuera, la que arregla casas viejas.”

Un día encontré en la basura los huipiles de mi abuela. Los bordados a mano, los que guardaba en el ropero de cedro. Doña Eugenia los había sacado para hacer espacio a sus vestidos.

“Ay, pensé que eran trapos de la muchacha.”

Los lavé a mano esa noche. No le dije nada. Leandro me pidió que no le dijera nada.

Ella también odiaba las cámaras.

Durante la obra yo había puesto cuatro cámaras: en el zaguán, en el patio, en el pasillo y en el salón. Por los trabajadores, por los azulejos de pasta, por los cuadros.

“Parece cárcel”, dijo mi suegra. “Me siento vigilada en mi propia casa.”

Leandro me pidió que las desconectara. Las desconecté.

Yazmín era distinta. Yazmín era dulce.

Venía casi diario “a ver a mi mamá”. Subía videos a Facebook dándole de comer en la boca, peinándola, con musiquita triste: “Nada como cuidar a quien te dio la vida 🙏”.

Vende ropa y cremas por catálogo. Y desde octubre de 2024 organiza una tanda: la “Tanda de la Guadalupana”. Veinte números. Cada quien pone cinco mil pesos cada quincena y, cada quincena, a una le toca recibir cien mil.

Entraron su mamá, la tía Bertha, primas, señoras de la iglesia de Santiago. Yazmín juntaba el dinero y lo entregaba.

“Es que todos confían en mí”, decía, orgullosa.

A mí siempre me trataba con cariño. Me traía pan de la panadería del parque, me decía “cuñadita”.

Pero hacía preguntas raras.

Un día levantó el reloj francés de bronce que estaba sobre la consola del salón, el de las dos figuritas doradas.

“¿Esto es antiguo de verdad, Ara? ¿Cuánto vale algo así?”

“No sé. Era de mi bisabuela.”

Otra vez me pidió un juego de llaves. “Para cuando mi mamá se sienta mal y ustedes no estén.” Leandro le dio el suyo sin preguntarme.

Otra vez me pidió prestada la camioneta. Me la regresó sin gasolina y con el defensa sumido. Dijo que había sido el del estacionamiento del súper.

Y un día me enseñó en el celular una pintura de su hija Fátima, en su vestido de quince años.

“¿Verdad que está divina? Me la pintó Chuy, el pintor del parque de Santiago. Copia cualquier foto igualita. Y barato.”

Yo le dije que estaba muy bonita. Y lo estaba.

En enero de este año, el reloj francés desapareció de la consola.

“Se cayó”, me dijo doña Eugenia. “Se le rompió una patita. Yazmín lo llevó a componer.”

“¿A dónde?”

“Con un relojero que ella conoce.”

Pregunté en febrero. En marzo. En abril.

“Ya casi, cuñadita”, decía Yazmín. “Es que el señor es muy lento.”

En mayo me fui dos semanas a Campeche, por un trabajo de restauración en una capilla. Del 4 al 18.

Cuando regresé, la casa olía a cloro. Y me enteré de lo que había pasado mientras yo no estaba.

El martes 12, doña Eugenia acusó a doña Chabela, la señora que nos ayudaba con la limpieza los martes, de haberle robado su rosario de filigrana. Lo había echado de menos desde el domingo.

Doña Chabela lloró. Doña Eugenia la corrió.

Dos días después, el rosario “apareció” en el baño de visitas.

Nadie le pidió perdón a doña Chabela.

Y el reloj francés nunca regresó.

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