Capítulo 16 de 16
El retrato vuelve
Don Baltasar trajo a mi abuela un domingo de marzo.
Llegó en una camioneta de su hotel, con dos muchachos y una caja de madera acolchada. Él mismo quiso abrirla. Él mismo, con guantes de algodón que le presté, la colgó en el clavo de siempre, en la pared del salón.
El rebozo azul. Las manos cruzadas. Las grietas correctas. El parche de lino por detrás. La piedrita verde.
Nos quedamos los dos mirándola un rato largo.
“¿Se acuerda de lo que dije la noche de la fiesta, cuando entré?”, me preguntó.
“Interesante.”
“Vi la copia desde la puerta. Con la piedra azul.” Sonrió. “Y pensé: qué interesante. Alguien creyó que en esta casa ya nadie iba a mirar.”
Le quise pagar. Un millón trescientos cincuenta mil pesos, en plazos, lo que tardara.
No aceptó.
“Ya le dije, Araceli. A mí la señora Pilar me pagó dieciséis años de escuela. Esto no alcanza ni para el primero.”
Así que le propuse otra cosa.
En abril abrimos, en los cuartos de atrás de la casona, los mismos donde él nació, el Taller-Escuela de Restauración Pilar Cuéllar. Clases de restauración de madera, de pintura, de pisos de pasta. Para muchachos del barrio de Santiago que no pueden pagar una carrera.
La primera beca lleva el nombre de doña Nicolasa Pech. La paga don Baltasar. Las demás, el taller.
El maestro de pintura es Chuy Canché.
Lo invité yo. Le dije que alguien que copia un óleo de 1963 tan bien, con una foto mal impresa, tiene que enseñarles a otros a ver la diferencia. Se puso a llorar en el patio. El cuadro falso, el de la piedrita azul, lo tiene él en su casa. Dice que es para acordarse de preguntar siempre para qué le encargan las cosas.
La primera cena del taller fue en el salón grande, en la mesa de once metros.
Antes de esa cena hice una cosa que debí hacer hace muchos años.
Les llevé a unas costureras de Tekit el mantel de lino de mi abuela y les pedí que lo alargaran. Con el mismo lino, las mismas flores de henequén, el mismo hilo blanco. Tardaron siete semanas.
Ahora el mantel alcanza para toda la mesa. Para treinta personas. Para los que vengan.
Esa noche estuvieron don Baltasar, la licenciada Graciela, doña Chabela con su nieta, Chuy, la tía Bertha, los primeros doce alumnos y sus mamás.
La tía Bertha se sentó junto a mí. En un momento, a la mitad de la cena, me apretó la mano por debajo del mantel.
“Perdóname por callarme tanto tiempo, mija.”
“Las dos callamos, tía.”
No hubo cochinita para treinta hecha por mí sola. Cada quien trajo algo. Doña Chabela trajo tamales. Don Baltasar trajo el relleno negro de la receta de su mamá, que era la receta que comía mi abuela. Me supo igual que cuando era niña.
Mi anillo de bodas está en un cajón del estudio, dentro de un sobre, junto con la carpeta azul de argollas. No lo tiré. Me recuerda lo que cuesta callarse para no pelear.
En la mano solo traigo el otro anillo. El de oro viejo con la piedrita verde.
A veces, en la noche, cuando ya se fueron los alumnos y la casa se queda en silencio, bajo al salón y prendo solo una lámpara.
Mi abuela me mira desde su pared, con el rebozo azul y las manos cruzadas sobre el mismo anillo que traigo puesto.
Las casas viejas hablan, Ara. La pintura te dice quién mintió.
Esta casa siempre fue de ella.
Ahora también es mía.
FIN