Capítulo 10 de 16
Fuera de mi propia casa
“Araceli Bonilla Cuéllar.”
“Soy yo.”
“Venimos a notificarle medidas de protección dictadas por el Ministerio Público a favor de la señora Eugenia Robles.”
Leí la hoja en el zaguán, de pie, con el sol de las once quemándome la nuca.
Prohibición de acercarse a la víctima a menos de cien metros. Prohibición de comunicarse con ella. Separación inmediata del domicilio.
Sesenta días.
“¿Me están sacando de mi casa?”
“Es temporal, señora. Lo va a revisar un juez de control en los próximos días. Tiene dos horas para sacar sus cosas personales.”
Dos horas.
Seis años de mentira, tres años de obra, mi vida entera en esa casa. Y tenía dos horas.
Subí al estudio. Metí ropa en una maleta. Mi computadora. Mis lupas, mis pinceles, mi lámpara ultravioleta. La carpeta azul de argollas. El libro de inventario de mi abuela, que don Baltasar me había devuelto el lunes.
Y los huipiles. Los huipiles de mi abuela, que había rescatado de la basura. No los iba a dejar ahí.
Cuando bajé, doña Eugenia estaba sentada en el sillón de la sala, con su brazo vendado sobre un cojín. No me miró.
Leandro estaba recargado en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados.
“Leandro.”
No contestó.
“Tú sabes lo que pasó esa noche. Tú estabas enfrente. Tú viste quién levantó la mano.”
Bajó los ojos al piso.
“Yo no vi nada”, dijo.
Salí arrastrando la maleta sobre el piso de pasta que yo misma había restaurado, mosaico por mosaico.
En la banqueta me crucé con Yazmín. Venía llegando con otra maleta, una rosa, enorme.
“Me vengo a cuidar a mi mamá”, me dijo con una sonrisa triste. “Alguien tiene que hacerlo.”
Me dio un beso en la mejilla, como siempre.
Me fui a dormir a mi taller, en la colonia Itzimná. Un cuarto con mesas de trabajo, olor a solvente y tres santos de madera esperando que les quitara siglos de humo de veladora. Armé un catre entre San Antonio y una Virgen de la Candelaria sin manos.
Don Baltasar me ofreció un cuarto en su hotel. No quise. Me daba vergüenza.
El viernes 16 me llegó la demanda de divorcio de Leandro.
Su abogado pedía la mitad de “los bienes adquiridos durante el matrimonio” y además una compensación de un millón doscientos mil pesos por “las inversiones realizadas por el señor Castañeda en la remodelación del inmueble de la calle 59”.
Leandro nunca puso un peso en la obra. Ni uno. Yo tenía las facturas.
Pero también tenía un video de cuatrocientas mil reproducciones, una denuncia por violencia, una orden de no acercarme a mi propia casa y un hotel que ya no me quería.
“La casa no me preocupa”, me dijo la licenciada Graciela, revisando la demanda. “Es herencia. No la va a tocar.”
“¿Entonces qué te preocupa?”
“Lo de la violencia. Si esa carpeta avanza y te vinculan a proceso, todo lo demás se te viene encima. El robo, el divorcio, tu taller. Nadie le cree a una mujer que sale en un video apretándole la mano a una viejita.”
Esa noche, en el catre, entre los santos, lloré como no había llorado ni en el velorio de mi abuela.
Me había quitado el anillo para ser libre. Y ahora no tenía ni casa.
A las doce y media, sin poder dormir, abrí el celular.
Y vi la aplicación de la cámara.
La cámara del salón. La que había vuelto a conectar el 26 de septiembre, apuntando al retrato. La que nadie sabía que existía.
Seguía encendida.
La abrí.
En la pantalla, en blanco y negro por la visión nocturna, se veía el cuadro falso de mi abuela. Y frente a él, de espaldas, en pijama, estaba Yazmín.
Tenía una cinta métrica en la mano.
Estaba midiendo el marco dorado.
Luego se acercó a la vitrina de la esquina, la de mi abuela, donde estaba el juego de té de plata. Le tomó fotos, una por una, con el flash del celular.
Y después se fue por el pasillo, hacia donde estaban los dos paisajes de henequén.
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