Capítulo 9 de 16
Día de Muertos
Me agaché a su altura. Le quité el pelo de la frente.
“¿Quién te dijo eso, mi amor?”
“La abuela Chepina. Dice que estás enferma de la cabeza y que te van a llevar a un hospital donde no hay niños. Y que yo me voy a quedar a vivir con ella y con Sarahí.”
Me mordí la lengua. Tanto, que me supo a fierro.
Quería decirle que su abuela mentía. Que su abuela grababa a la gente por la ventana. Que su abuela no sabía ni qué desayunaba él.
No le dije nada de eso. Tiene cinco años. Él no tiene que cargar con lo que hacen los grandes.
“Mira”, le dije. “Ven, te enseño algo.”
Lo llevé de la mano a la sala. Ahí estaba la ofrenda que había puesto yo el sábado, sola, mientras él no estaba. Dos días sin mi hijo y yo no sabía qué hacer con las manos, así que hice lo que hacía mi mamá. Papel picado morado y naranja. Cempasúchil del mercado. Su foto, con su rebozo azul. Un plato de enchiladas potosinas, porque eran sus favoritas. Un vaso de agua. Su rosario.
“Ella es tu abuelita Engracia. Se murió cuando tú tenías un año y medio. Te cantaba ‘Señora Santa Ana’ para dormirte.”
Tadeo se quedó viendo la foto.
“¿Estaba enferma de la cabeza?”
“No, mi amor. Estaba enferma del corazón. Pero de la cabeza estaba bien. Igual que yo.”
Lo pensó. Luego agarró a Pepe y lo sentó en la ofrenda, junto a la foto.
“Para que la acompañe.”
Mi papá estaba en la puerta de la cocina. Se dio la vuelta para que no lo viéramos.
El lunes 2 fuimos los tres al panteón del Saucito. Limpiamos la tumba de mi mamá, le cambiamos las flores, mi papá le contó cómo iba su presión. Tadeo correteaba entre las tumbas con otros niños, con su calaverita de azúcar.
En el Tsuru, de regreso, mi papá me dijo:
“Mañana dile todo a la psicóloga del DIF. Todo. Hasta lo que te dé vergüenza.”
“¿Y si me ven como dice el dictamen?”
“Que te vean como eres. Eso basta.”
Esa noche no podía dormir. Me puse a hacer la cuenta de lo que tenía. La grabación de mi papá. La libreta. La carpeta del licenciado Cázares. La evaluación del día siguiente.
Contra: nueve videos. Un dictamen con sello. Un juez que ya le había dado los fines de semana a Hernán. Y una suegra que podía meterle a mi hijo cualquier cosa en la cabeza, sábado tras sábado.
A las once y cuarenta me vibró el teléfono. Doña Petra.
No era un mensaje de buenas noches. Era un enlace. Y abajo, en mayúsculas, como escribe ella cuando se enoja:
“MIJA NO LO VEAS SOLA. ¿YA VISTE LO QUE SUBIÓ ESA SEÑORA?”
Lo abrí.
La página de Facebook de mi suegra. Un video publicado a las nueve de la noche. Yo, en el piso de la cocina. La leche. La silla. Mi cara mojada. Los mismos dos minutos y cuarenta y un segundos que estaban en el juzgado.
Y arriba, el texto:
“Oren por mi nuera, está muy enferma 🙏 Se llevó a mi nieto y no sabemos qué le pueda hacer. Pido sus oraciones, hermanos.”
Tres mil doscientas veces compartido.
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