Capítulo 8 de 16
La hija de Cipriano
Cipriano Aguayo trabajó con mi papá treinta y un años en los talleres del ferrocarril, en la avenida Reforma. Torneros los dos. Compadres de turno de noche. Cipriano se murió en 2018, de diabetes, y mi papá cargó su caja en el panteón.
Su hija se llamaba Lizbeth.
“Yo la conocí de niña”, me dijo mi papá. “Iba los sábados a dejarle el lonche a su papá. Una güerita flaca, muy risueña. Luego supe que se juntó con un muchacho de Soledad. Que tuvo una niña. Que la perdió en un juzgado. Cipriano no hablaba de eso. Se le iban los ojos cuando alguien preguntaba.”
Por eso, en la boda, mi papá reconoció a Hernán.
“¿Y en agosto, papá? ¿Qué pasó en agosto?”
El cumpleaños de Tadeo. Hernán nos dio permiso de dos horas en casa de mi papá. Vino con nosotros Sarahí, que tenía como un año sin venir. Doce años, alta, callada, con sus audífonos colgados del cuello.
“Fue cuando la niña se lavó las manos”, dijo mi papá. “Antes del pastel. Yo estaba en el lavadero y ella se me acercó. Me preguntó si tú estabas enferma. Le dije que no, que por qué. Y me dijo…”
Mi papá se detuvo.
“Me dijo: ‘Es que mi abuela también graba a mi tía Abi cuando llora. Como grababa a mi mamá. Mi abuela le dice a mi papá que es para el juez.'”
Me tapé la cara con las manos.
Sarahí. Mi Sarahí. La que me pedía que le hiciera trenzas cuando se quedaba a dormir. La que me había dicho, tantas veces, “mi mamá no me quiso”. Porque eso le habían enseñado a decir.
Y yo, que le creí a Hernán siete años, le había dado la razón.
“¿Por qué no me dijiste en agosto, papá?”
“Te pregunté. ¿Te acuerdas? En la puerta, cuando te ibas. Te pregunté si estabas bien. Y me pusiste esa sonrisa. La de tu mamá cuando no quería preocuparme.” Me miró. “Si te apretaba, Hernán te cerraba la puerta para siempre. Así que hice lo que pude. Cambié un nombre en un teléfono. Le enseñé un juego a un niño. Y puse a grabar este aparato.”
En septiembre fue a buscar a Lizbeth a Rioverde, a dos horas de aquí, donde trabaja en una farmacia. Ella lo reconoció en el mostrador. Le dijo que no quería saber nada, que por favor se fuera, que ya había perdido una vez.
Esa noche le pedí el número a mi papá.
Le marqué yo. Desde mi teléfono estrellado.
Contestó al cuarto timbrazo. Una voz cansada.
“¿Bueno?”
“¿Lizbeth? Me llamo Abigail. Soy la esposa de Hernán Quiroz. Yo…”
Silencio.
“Mi suegra me grabó nueve veces”, dije, rápido, antes de que colgara. “Nueve. Por la ventana de la cocina. Y una psicóloga que nunca me vio firmó que estoy loca. Y ahora me quieren quitar a mi hijo.”
Un silencio largo. Oí su respiración. Oí, al fondo, el pitido de una caja registradora.
“Ya perdí una vez”, dijo por fin. “No me busquen.”
Y colgó.
El viernes 23, Xóchitl me habló a las cinco de la tarde. El licenciado Ontiveros había pedido una audiencia urgente. Decía que yo había “sustraído” al niño y le impedía al padre verlo.
La jueza Beatriz Zúñiga resolvió provisionalmente. Hernán podía convivir con Tadeo los fines de semana, de sábado a las diez a domingo a las seis. Y me ordenaba presentarme a una evaluación psicológica con el DIF. La audiencia de fondo quedaba para el jueves 12 de noviembre.
“Es lo normal, Abigail. El papá tiene derecho a ver a su hijo. Y la jueza necesita una evaluación que no sea la de su comadre.”
Lo normal. Mi hijo, un fin de semana entero, en esa casa. Con ella del otro lado de la ventana.
El sábado 31 a las diez, la camioneta de Hernán se paró frente al zaguán. Venía con él una trabajadora del DIF, como decía la orden, para la entrega.
Tadeo agarró a Pepe. Me dio un beso. Caminó hasta la camioneta sin voltear.
Fueron treinta y dos horas.
El domingo 1 de noviembre a las seis en punto, la camioneta volvió. Tadeo se bajó con Pepe bajo el brazo y una calaverita de azúcar en la mano. Corrió hacia mí. Me abrazó de la cintura.
Y sin soltarme, con la cara pegada a mi suéter, me preguntó:
“Mamá, ¿es cierto que vas a ir a un hospital para locos?”
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