Capítulo 3 de 16
La libreta de la tanda
La casa de mi papá está en el Barrio de San Miguelito, a dos cuadras del jardín. Una casa vieja de adobe, con zaguán de madera y un patio lleno de macetas que sembró mi mamá. Geranios, sábila, una buganvilia que se sube hasta la azotea. En la cocina, la Virgen de Guadalupe que mi mamá le compró a un señor en la Villa, con su veladora siempre prendida.
Mi papá acostó a Tadeo en mi cuarto de soltera, con Pepe. Me hizo un té de canela. Se sentó enfrente de mí en la mesa de la cocina y no me preguntó nada.
Esa es su manera. Espera.
Así que le conté yo.
Le conté que desde que nació Tadeo, en agosto de 2021, yo no tenía tarjeta. Que Hernán la guardaba “para que no se me perdiera”. Que mi sueldo del despacho contable se acabó el día que él dijo “una mamá se queda con su hijo”. Que las llaves de la camioneta estaban siempre en el gancho, pero yo no podía tocarlas sin pedir permiso. Que en mi teléfono tenía activada la ubicación compartida, “por si te pasa algo”. Que en esa casa se cenaba en silencio, porque él llegaba cansado de la planta.
Le conté de la camioneta que compró a crédito en 2022 para que lo vieran llegar a la planta en algo nuevo. Que el enganche lo pagó con los cuarenta mil pesos que nos regalaron en la boda. Los que yo tenía guardados para Tadeo.
Le conté de los platos. De las puertas. De las palabras.
Mi papá escuchaba con las manos alrededor de su taza.
“¿Te acuerdas de lo que te dije el día de tu boda?”, me preguntó al final.
Me acordaba. Claro que me acordaba.
El 7 de septiembre de 2019. Un salón en Soledad, ochenta y cinco mil pesos que pagó mi papá completos, porque él es un hombre de palabra y había prometido pagarle la boda a su única hija. A media fiesta, mi papá se acercó a Hernán en la mesa de los novios, lo miró un buen rato y le preguntó:
“¿Tú no eres el muchacho que andaba con la hija de Cipriano Aguayo?”
A Hernán se le fue el color de la cara. Dijo que no sabía de qué le hablaba. Se levantó a saludar a unos compadres.
Esa noche, cuando me abrazó para despedirse, mi papá me dijo al oído:
“Ese muchacho te cuenta los pasos, hija. Cuídate.”
Yo me enojé con él. Le dije que estaba celoso, que nunca le parecía nadie. Y me casé feliz.
Hernán ya tenía una hija de esa relación. Sarahí. Yo lo sabía. Él me contó que la mamá, una tal Lizbeth, los había abandonado cuando la niña tenía dos años. Que estaba “mal de sus nervios”. Que se fue y nunca volvió a preguntar por ella. Que por eso Sarahí vivía con su abuela.
Yo le creí. Yo creía todo.
“Desde ese día de la boda”, le dije a mi papá, “Hernán no te quiere cerca.”
“Desde ese día”, dijo él.
Y luego vino lo de mi mamá. Febrero de 2023. En el novenario, la tercera noche, mientras las señoras rezaban el rosario en este mismo patio, Hernán me agarró del brazo y me dijo que ya nos íbamos. A media oración. Mi papá salió detrás de nosotros y le dijo que me dejara terminar de rezar por mi madre. Se dijeron cosas en el zaguán. Desde entonces yo venía a ver a mi papá tres, cuatro veces al año. Con permiso. Con hora de regreso.
Y en marzo de 2025, cuando a mi papá le dio el infarto, me juré que nunca más le iba a dar un coraje.
“Por eso no te dije nada”, le dije. “Por tu corazón.”
Mi papá se tocó el pecho, por encima de la camisa.
“Este corazón aguanta más de lo que tú crees, hija. Lo que no aguanta es no saber.”
Me levanté por mi bolsa. Saqué la libreta de pasta azul. La única cosa que Hernán no se llevó, porque no le importó.
La abrí en la mesa, frente a mi papá.
“Semana 1. 500. Toñita.” “Semana 2. 500. Lupe.” Columnas de números, nombres de mujeres de la colonia, fechas.
Así parecía. Así lo vio Hernán.
“Mira bien, papá.”
Le señalé una línea. “Semana 14. 500. Llaves.”
Otra. “Semana 22. 500. Plato azul.”
Otra. “Semana 31. 500. Novenario.”
No era una tanda. Bueno, no solo. Era mi diario. Tres años de fechas reales, escondidos en números de tanda. Cada vez que Hernán me quitaba algo, me gritaba algo, me encerraba algo, yo lo anotaba ahí, como si fuera un pago. “Llaves” era el día que me escondió las llaves para que no fuera al cumpleaños de una prima. “Plato azul” era el día que aventó el plato contra la pared porque la sopa estaba fría.
Soy contadora. No sé guardar nada que no tenga fecha.
Mi papá pasó las hojas despacio. Una por una.
No dijo nada. Pero le vi temblar la quijada.
A la una me escribió doña Petra: “¿Llegaron bien, mija? Si mañana ocupas tus cosas, mi Toño te ayuda a cargarlas. Sale tarde del casino de la carretera, pero en la mañana está libre.”
Le contesté que sí, que gracias. Que ya estábamos con mi papá.
A las dos y diez de la mañana me vibró el teléfono estrellado. Lo había dejado cargando junto a la Virgen.
Era Hernán.
“Mi mamá tiene videos de todo. Regresas mañana sola o te quedas sin hijo.”
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