Capítulo 14 de 16
¿Cuál dinero?
Nadie le contestó.
“Mamá.” Hernán se volteó en su silla. “¿Cuál dinero?”
Mi suegra apretaba el rosario con las dos manos. No levantaba la vista.
“Hijo, no es momento…”
“Tú me dijiste que esa mujer nunca dio un peso.” La voz de Hernán subía. “Nueve años. Nueve años me dijiste que no daba nada. ¡Que ni preguntaba por la niña!”
“Señor Quiroz”, dijo la jueza.
Hernán no la oyó.
“Yo le compraba los uniformes. Yo le pagaba la secundaria. Y tú… ¿tú qué hacías con eso?”
Entonces mi suegra levantó la cabeza. Y ya no había rosario, ni medalla, ni voz de pena. Había una señora de sesenta y un años, roja, temblando de rabia.
“¿Y tú qué quieres que te diga? ¡Tú me pediste que la grabara! ¡Tú! ¡Tú no querías que se fuera! ¡Que ninguna se te fuera! ¿Y quién te ayudó? ¿Quién se paró en esa ventana nueve años?”
“¡Tú me dijiste que si me dejaba, se llevaba al niño! ¡Igual que la otra! ¡Tú me lo dijiste!”
“Señora Alemán. Señor Quiroz.” La jueza golpeó la mesa con la palma, una sola vez. “Basta.”
Se callaron.
Lizbeth miraba a Hernán como quien ve a un desconocido. Mi papá no se había movido de su silla.
Yo no sentí lo que pensé que iba a sentir. No sentí ganas de reírme. Sentí cansancio. Y una tristeza rara, por Sarahí, que iba a crecer sabiendo esto.
La jueza dictó la resolución provisional ahí mismo. La secretaria tecleaba.
La guarda y custodia de Tadeo, a mi favor. La convivencia de Hernán, suspendida en la modalidad de fines de semana; en su lugar, convivencias supervisadas en el Centro de Convivencia del DIF, dos horas, los sábados. La señora Josefina Alemán Ruiz, requerida para que en diez días rindiera cuentas de las cantidades recibidas para la menor Sarahí Quiroz Aguayo. Y una cosa más:
“Gírese oficio al Ministerio Público con copia certificada de lo actuado, para que determine lo que en derecho corresponda respecto del dictamen pericial y del material videográfico presentado.”
Yo no iba a decidir quién era culpable de qué. Eso le tocaba a la Fiscalía. Yo ya había dicho lo que sabía. Lo había puesto en la mesa, con fechas.
Cuando todos se levantaban, Hernán se quedó sentado.
Se tapó la cara con las manos. Los hombros le temblaban.
Nunca lo había visto llorar. Ni en el novenario de mi mamá, ni cuando nació Tadeo.
“Yo nomás no quería que me dejaran otra vez”, dijo. A nadie. Al aire. A la mesa. “Nomás eso.”
Por un segundo vi al muchacho de veintisiete años que se quedó solo con una niña de dos y con una mamá que le decía al oído lo que tenía que hacer.
Por un segundo me dio lástima.
Luego me acordé de la leche en el piso. De “no vuelves a ver al niño”. De mi hijo preguntándome por el hospital para locos.
Agarré mi bolsa y salí de la sala.
En el pasillo, mi papá me abrazó. Lizbeth me abrazó. Xóchitl me apretó el brazo.
Y en la puerta del juzgado, en la banqueta de la calle, estaba esperando el padre Lorenzo.
Traía sotana y un cuaderno grueso bajo el brazo. Lo reconocí. Era el libro de cuentas de las Guadalupanas.
“Hija”, me dijo. “Me enteré de lo de hoy por doña Petra. Ya no puedo callar lo de diciembre.”
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