Capítulo 4 de 16
Treinta años de servirle a la Virgen
A las ocho de la mañana del viernes, mi papá ya había ido por pan dulce y había regado las macetas. Tadeo desayunaba conchas con chocolate y le contaba a su abuelo que Pepe había dormido muy bien en la casa nueva.
A las ocho y veinte me sonó el teléfono. “Suegra”.
Mi papá me miró. Yo contesté y puse el altavoz.
“Abigail, mija.” La voz dulce. La de las señoras de la parroquia. “¿Cómo amaneciste? Estuve rezando toda la noche por ti. Hernán no ha dormido. Ya regrésate, ¿sí? Aquí nadie te va a hacer nada. Nomás que ya no le hagas esas cosas al niño, mija. Llevártelo así, de noche.”
“Usted estaba grabando, doña Josefina.”
Un silencio corto.
“Para que te vieras tú misma, mija. Para que te dieras cuenta de cómo te pones. Para eso grabo. Para ayudarte.”
Así es mi suegra. Así ha sido siempre. En Facebook, cada domingo, una foto de la familia después de misa: “Mi nuera bendita 🙏”. Y en su cocina, cuando creía que yo no oía: “La hija del ferrocarrilero”.
En el bautizo de Tadeo, en diciembre de 2021, se quedó con los sobres de los padrinos “para guardarlos, que tú los pierdes”. Nunca los volví a ver. A Sarahí, cuando la niña se portaba mal, le decía: “Por eso tu mamá no te quiso.” Delante de mí. Y todos los jueves en la tarde se iba a su “hora santa” y regresaba a las once de la noche, con los ojos cansados y el bolso vacío.
Pero no me odió desde el principio. Eso es lo que más me duele. Al principio me quería. Me presumía con las señoras: “Mi nuera es contadora. Estudió en la Autónoma.”
Fue ella la que me metió a ayudar con las cuentas de la kermés de la parroquia de San José Obrero, en 2024.
Y el 12 de diciembre de 2025, día de la Virgen, después de las mañanitas y la misa, me senté a cuadrar el fondo del grupo de las Guadalupanas. Ella era la tesorera desde hacía doce años.
Faltaban treinta y ocho mil quinientos pesos.
Los conté tres veces. Revisé recibos, la libreta, los depósitos. Faltaban.
No dije nada en público. No se lo dije a Hernán. Fui sola a la oficina del padre Lorenzo y le enseñé los números. Le pedí que lo arreglara con discreción.
El 2 de enero, el padre le pidió a doña Josefina que entregara la tesorería. Sin escándalo. Sin explicaciones. Pero las señoras no son tontas. En una parroquia todo se sabe.
Desde ese día, mi suegra me empezó a ver de otra manera.
“Doña Josefina, yo nunca le dije a nadie lo del dinero.”
“¿Ah, no?” Y ahí se le acabó lo dulce. La voz se le volvió seca, filosa, una voz que yo nunca le había oído. “Treinta años sirviéndole a la Virgen, Abigail. Treinta años. Barriendo el templo, vistiendo al Niño Dios, haciendo tamales para la fiesta. Y tú me exhibiste delante del padre por unos pesos que yo iba a reponer.”
“No eran unos pesos. Eran treinta y ocho mil quinientos.”
“¡Los iba a reponer!”
Mi papá no se movía. Tadeo, en la mesa, había dejado de comer su concha.
Le hice señas a mi papá y él se llevó a Tadeo al patio, a ver los geranios.
“Me quitaste lo único que era mío”, siguió ella. “Lo único. Mi lugar. Ahora las señoras me ven y se secretean. A la que me saludaba primero en misa ahora le da pena sentarse conmigo.”
Por un segundo le creí. Por un segundo me dio lástima. Una señora sola, viuda, que había hecho de la parroquia su casa.
Luego se me acordó dónde estaba su mano el jueves en la noche. Alzando un celular.
“Usted grabó a una mujer tirada en el piso, doña Josefina. Delante de su nieto.”
“Y voy a grabar lo que haga falta.” Se rió, bajito. “Tú me quitaste lo único que era mío, Abigail. Ahora yo te voy a quitar lo único que es tuyo.”
Y colgó.
Me quedé mirando el patio por la ventana. Tadeo le enseñaba a mi papá a Pepe, levantándolo hacia el sol.
Lo único que era mío.
Continúa en la siguiente página