Capítulo 6 de 16
Nueve videos
La licenciada Xóchitl Rubio es hija de un compañero de mi papá del sindicato ferrocarrilero. Cuarenta y cinco años, trenza larga, un despacho chiquito arriba de una farmacia en la calle Zaragoza. Mi papá le habló el viernes en la noche. El lunes 19 a las nueve ya estábamos los tres en la ventanilla del Juzgado Segundo Familiar.
“Usted es parte demandada”, le explicó a la secretaria. “Tiene derecho a ver su expediente aunque todavía no la hayan emplazado.”
Nos dieron una carpeta gruesa, con hojas cosidas con hilo blanco.
Demanda de guarda y custodia. Actor: Hernán Quiroz Alemán. Demandada: Abigail Cordero Loera. Fecha de presentación: 2 de octubre de 2026.
Trece días antes de la noche de la cocina.
Xóchitl leía rápido, pasando el dedo por los renglones. Yo leía sobre su hombro.
“La demandada presenta episodios recurrentes de crisis emocional, llanto incontrolable y abandono de sus funciones de cuidado…”
“El menor ha presenciado a su madre en estado de postración en múltiples ocasiones…”
“Se solicita la guarda y custodia provisional del menor a favor del padre, con residencia en el domicilio de la abuela paterna, quien se ha hecho cargo del cuidado del niño…”
Mi suegra nunca le había cambiado un pañal a Tadeo.
Luego venían las pruebas.
Un USB pegado con cinta a una hoja. Y una lista: “Video 1, 14 de enero de 2026. Video 2, 3 de febrero. Video 3, 26 de febrero.” Así hasta el nueve. El último, del 21 de septiembre.
Xóchitl sacó su laptop de la bolsa. La secretaria nos dejó usar una mesa en el pasillo.
Video 1. Mi cocina, vista de lejos, a través de dos ventanas. La de mi suegra y la mía. Yo, sentada en el piso junto al refrigerador, con las manos en la cara. Y una voz encima, bajita, con pena:
“Otra vez está tirada. Pobrecito mi nieto.”
Me acordé de ese día. 14 de enero. Hernán me había dicho que el cumpleaños de mi papá no era pretexto para ir a ningún lado. Lloré diez minutos en el piso de la cocina, donde Tadeo no me viera. Diez minutos en tres años. Y ella estaba ahí, en su ventana, con el celular.
Video 2. Video 3. Video 4.
Siempre el mismo ángulo. Siempre la misma voz. “Mira nomás.” “Otra vez.” “Y el niño ahí solito.” Aunque en ninguno se veía al niño.
Mi papá se levantó a la mitad del quinto y se fue a la ventana del pasillo. No quiso ver más.
Yo sí los vi. Los nueve.
Nueve veces en nueve meses me había roto. Y las nueve veces ella había estado del otro lado del vidrio. Esperando.
Después venía un documento de tres hojas con membrete: “Dictamen psicológico”. Firmado por la psicóloga Ernestina Gallardo, con cédula profesional y sello.
“Con base en el análisis del material videográfico y en la entrevista con familiares directos, se concluye que la C. Abigail Cordero Loera presenta rasgos compatibles con trastorno depresivo mayor, con riesgo para la intergridad emocional del menor.”
“Yo nunca he visto a esta señora en mi vida”, le dije a Xóchitl.
“Por eso dice ‘entrevista con familiares directos'”, contestó ella, sin levantar la vista. “Le hablaron de usted. Nunca la vio.”
Ernestina Gallardo. El nombre me sonaba. Lo había oído en la casa de mi suegra. En una comida. Una comadre.
Entonces lo entendí todo de golpe, y me dio frío.
La noche del jueves no fue un arranque. El “otra vez” no fue un error. Ellos ya tenían nueve videos y una demanda en el juzgado. Les faltaba uno. El más fuerte. Uno donde yo estuviera tirada en el piso y el niño solo, de noche, y yo “llevándomelo” a escondidas.
La noche de la tanda era el video número diez.
Xóchitl pasó la última hoja de la carpeta. Se quedó quieta.
“Abigail. Mire esto.”
Un escrito del abogado de Hernán, el licenciado Federico Ontiveros. Presentado el viernes 16 de octubre a las 9:10 de la mañana. Catorce horas después de que salimos de la casa.
“Se exhibe como prueba superveniente video de fecha 15 de octubre de 2026, en el que se aprecia a la demandada en estado de crisis, en el piso de la cocina, frente al menor.”
Xóchitl abrió el archivo.
Dos minutos y cuarenta y un segundos.
Ahí estaba yo, en el piso, con la cara mojada. La leche. La silla. Tadeo junto a mí. La voz de mi suegra: “Mira nomás cómo está otra vez.”
Y luego Hernán, entrando al cuadro.
“¿No te dije que si le…?”
Y ahí se cortaba el video. A media palabra.
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