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Mi esposo me dejó en el piso de la cocina, se llevó las llaves de la camioneta y el dinero que yo había juntado a escondidas. Mi hijo de cinco años levantó mi teléfono estrellado y marcó un número que yo jamás le enseñé. Cuando mi esposo regresó gritando “¿a quién le hablaste?”, la voz que le contestó desde el piso le borró la sonrisa a mi suegra.

Capítulo 10 de 16

Oren por ella

A la mañana siguiente ya eran once mil.

Lo compartían las señoras de la parroquia. Lo compartía el grupo de vecinos del fraccionamiento. Lo compartía una página de “Noticias de Soledad” con un título que no voy a repetir.

En los comentarios me decían de todo. “Pobre niño.” “Que le quiten al niño, a esa le falta un tornillo.” “Yo la conozco, siempre se veía rara.” Alguien, que nunca había hablado conmigo, escribió que me había visto “drogada” en el mercado.

A las nueve y media llegué a la evaluación del DIF con los ojos hinchados.

La licenciada Estela Moctezuma tenía unos cincuenta años, el pelo corto y un cuarto lleno de juguetes de madera. Me hizo preguntas durante dos horas. Me dio unas pruebas en papel. Me preguntó por mi mamá, por mi trabajo, por Tadeo, por la noche de la tanda.

En un momento me preguntó si sabía de un video que circulaba en redes.

Le dije que sí. Y ahí se me rompió todo lo que había aguantado.

Lloré. Delante de la psicóloga que tenía que decidir si yo estaba bien para cuidar a mi hijo. Lloré como en la cocina.

Ella me pasó una caja de pañuelos y esperó. No anotó nada mientras lloraba. Cuando terminé, me preguntó:

“¿Y después de llorar, qué hace usted, señora Cordero?”

“Me levanto”, le dije. “Le hago de cenar a mi hijo. Y anoto la fecha.”

Esa tarde, doña Petra me avisó que la señora de la papelería y el de la carnicería ya no querían que les llevara las cuentas. “No queremos problemas, que la familia de la señora es muy conocida en la parroquia.” Era el poquito dinero que me quedaba.

“Yo no te suelto, mija”, me dijo doña Petra. “Mis cuentas son tuyas. Y que digan lo que quieran.”

El miércoles 4 alguien le aventó una cubeta de agua sucia al Tsuru de mi papá, estacionado frente a la casa. En el parabrisas, con cinta canela, un papel: “LOCA”.

Mi papá lo despegó sin decir nada. Lo dobló y se lo guardó en la bolsa de la camisa.

Luego se fue a misa de siete a la parroquia de San José Obrero. No me dijo a qué iba.

Me enteré después, por doña Petra, que lo vio todo desde la banca de atrás. Mi papá esperó a mi suegra en el atrio, a la salida. No le gritó. Le dijo, delante de las señoras: “Josefina, baje ese video. Por su nieto.”

Mi suegra se puso a llorar. Ahí mismo. Con las manos juntas, con la medalla.

“¡Este señor me secuestró a mi nieto y todavía viene a amenazarme a la casa de Dios! ¡Ay, padre, ayúdeme!”

Las señoras la rodearon. Una le dijo a mi papá “viejo abusivo”. Otra lo empujó del brazo para que se fuera.

Mi papá caminó hasta el Tsuru. Ahí se sentó. Y ahí se quedó, con la mano en el pecho, hasta que doña Petra le tocó la ventana y vio que tenía la cara gris.

A las once de la mañana estaba en urgencias del Hospital Central. “Angina”, dijo la doctora. “Por ahora está estable. Se queda en observación.”

Yo me quedé en la sala de espera. Tadeo, con doña Petra.

Le hice una videollamada a mi hijo a las ocho de la noche, para darle las buenas noches. Él me preguntó por el abuelito. Le dije que estaba durmiendo, que los doctores lo estaban cuidando.

Y le puse la sonrisa. La de “no pasa nada”.

Tadeo me miró a través de la pantalla estrellada, muy serio.

“Mamá, estás haciendo la cara.”

“¿Cuál cara, mi amor?”

“La de cuando lloras pero no quieres que yo sepa.”

Me quité la sonrisa. Por primera vez en tres años la dejé caer delante de él.

“Tienes razón. Hoy mamá no puede sonreír. Y está bien. Mañana sí.”

Él asintió, como si lo entendiera perfectamente. Me mandó un beso. Colgó.

Me quedé sola en las sillas de plástico. Había perdido a mis clientes. Mi nombre era un chiste en todo Soledad. Mi hijo pasaba los fines de semana con una mujer que le decía que yo estaba loca. Y mi papá estaba detrás de una puerta, con cables en el pecho, por mi culpa.

A las tres de la mañana, el teléfono vibró en mi mano.

Un número que no tenía guardado.

“Soy Lizbeth. Vi el video. Es la misma ventana. ¿Dónde estás?”

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