Capítulo 2 de 16
“A mí”
Conozco el ruido de esa camioneta como conozco mi propia respiración.
El portón. La puerta. Los pasos de Hernán en el pasillo.
Pero esta vez había otros pasos detrás de los suyos. Más cortos. Con tacón.
Hernán entró primero a la cocina. Detrás de él venía su mamá, doña Josefina, con su suéter de botones color vino y su medalla de la Virgen colgada. Y el celular en alto, apuntando hacia mí.
Grabando.
“Mira nomás cómo está otra vez”, dijo. Con voz de pena. Con voz de rosario.
Otra vez.
Yo seguía en el piso, recargada en el mueble. Tadeo pegado a mi costado.
Hernán me miró desde arriba.
“¿No te dije que si le hablabas a tu papá no volvías a ver al niño? ¿Eh? ¿No te lo dije?”
Y entonces vio el teléfono. No en el piso, donde lo había dejado yo. En la mano de Tadeo, que lo había levantado al oír el portón y lo apretaba contra su pecho como a Pepe.
A Hernán se le transformó la cara.
“¿A quién le hablaste?”
Tadeo dio un paso para atrás. Hacia mí.
Antes de que yo pudiera abrir la boca, del teléfono estrellado salió una voz. Lenta. Clara. Por el altavoz.
“A mí, Hernán.”
Hernán se quedó quieto.
“Y llevo trece minutos oyendo.”
Doña Josefina bajó el celular.
Lo bajó despacio, como si de pronto le pesara. Se lo pegó al pecho, sobre la medalla.
“Don Nemesio”, dijo Hernán. Y su voz cambió. Se le volvió dulce. La voz que pone en las fiestas, con los compadres. “Suegro, aquí no pasa nada. Se cayó, nada más. Usted sabe cómo es ella, se pone nerviosa. Ya mi mamá la iba a ayudar.”
“Doña Josefina”, dijo mi papá, como si no hubiera oído a Hernán. “No baje el teléfono. Siga grabando. Que se vea todo.”
Mi suegra no se movió.
Hernán estiró la mano hacia Tadeo.
“Dame eso, mijo.”
Tadeo se dio la vuelta y abrazó el teléfono con los dos brazos. No dijo nada. Solo negó con la cabeza.
“Hernán”, dijo la voz desde el pecho de mi hijo. “Ya voy por el bulevar. Si le quitas ese teléfono al niño, también lo voy a oír.”
Hernán bajó la mano.
Fueron los seis minutos más largos de mi vida. Nadie se sentó. Nadie habló. Doña Josefina miraba la leche en el piso. Hernán miraba la ventana. Yo miraba a mi hijo.
A las seis y cincuenta y tres oí el motor del Tsuru de mi papá. Ese Tsuru blanco de 2009 que nunca ha querido vender. Y oí la voz de doña Petra en la banqueta, que se había venido caminando desde la tienda en sus chanclas.
Mi papá entró sin tocar. Sesenta y cinco años, la gorra de Ferrocarriles Nacionales que le regaló mi mamá, la camisa bien fajada. No gritó. No miró a Hernán.
Se agachó. Levantó el cartón de leche del piso y lo puso en la mesa. Levantó la silla.
Después se agachó otra vez, despacio, por las rodillas, y me dio las dos manos.
“Arriba, hija.”
Me levantó. Las piernas me seguían temblando, pero me sostuve.
Luego cargó a Tadeo, con todo y teléfono. Doña Petra recogió a Pepe del piso y me lo dio.
“Nos vamos.”
“Si te llevas al niño, te denuncio”, dijo Hernán. Ya no con voz de fiesta.
Mi papá lo miró por primera vez.
“Denúnciame.”
Y salimos.
En el Tsuru, Tadeo se durmió en mis piernas antes de llegar al bulevar. Yo no podía dejar de verle la carita. Tranquila. Como si no hubiera pasado nada.
“Papá”, le dije. “¿Cómo supo?”
Mi papá manejaba con las dos manos, a sesenta, como siempre.
“El 16 de agosto. En su cumpleaños. Me prestaste tu teléfono para tomarle fotos con el pastel, ¿te acuerdas? Me cambié el nombre. Me puse de favorito. Y esa tarde, mientras tú lavabas los platos, Tadeo y yo jugamos al botón verde.”
“¿Al botón verde?”
“Si mamá llora y no se puede levantar, sueltas a Pepe. Buscas el teléfono. Buscas la palabra que empieza con la A grande. Le picas al botón verde. Y dices lo que te enseñé. Lo ensayamos siete veces. Le dije que era un juego de superhéroes.”
Me tapé la boca.
“¿Por qué, papá? ¿Por qué en agosto?”
No me contestó luego. Pasamos frente a la estación, con sus luces amarillas.
“¿Y por qué mi suegra venía grabando? ¿Por qué dijo ‘otra vez’?”
Mi papá se quedó viendo el camino.
“Porque así empezó la otra vez, hija.”
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