Capítulo 16 de 16
Abuelito
La hoja tenía veintitrés firmas.
Toñita. Lupe. La señora de las gelatinas. La del puesto de jugos. La esposa del carnicero. Veintitrés mujeres de la tanda de doña Petra. Cada una había puesto quinientos pesos, otra vez, sin que nadie se los pidiera. Arriba, con la letra grande y chueca de doña Petra:
“Para que el número 24 te toque completo. Lo que te quitaron no cuenta.”
Doce mil pesos. Antes de que la jueza obligara a Hernán a devolverme los míos.
Lloré en la tienda, junto a la caja de los chicles. Doña Petra me dejó llorar. Luego me dio una servilleta.
“Ya, mija. El dinero se cuenta. Las lágrimas no.”
El 6 de febrero mi papá cumplió sesenta y seis años.
Le hicimos una comida en el patio de San Miguelito. Enchiladas potosinas, como las hacía mi mamá. Asado de boda. Un pastel de tres leches con un trenecito de plástico encima que escogió Tadeo.
Vino doña Petra con Toño. Vino Xóchitl con su papá, el del sindicato. Vino el licenciado Cázares, que se sentó en una esquina y no habló con nadie, pero se comió tres enchiladas. Vinieron Lizbeth y Sarahí en el camión de Rioverde, con una bolsa de pan de pulque.
Yo ya tenía trabajo. Desde el 15 de enero, de contadora, en un despacho chiquito frente al Jardín de San Miguelito. Cinco cuadras caminando. Mi sueldo se deposita en una cuenta a mi nombre, con una tarjeta que traigo en mi cartera y que nadie me guarda.
Vivimos con mi papá. Tadeo va al kínder de la esquina. Mi papá lo lleva todas las mañanas, de la mano, y en el camino le cuenta de los trenes.
En la tarde saqué una libreta nueva. Pasta roja.
Las señoras del Centro de Justicia, las que conocí en la sala de espera mientras el licenciado Cázares tecleaba con dos dedos, me habían pedido ayuda para organizar algo. Una tanda. Doce mujeres, quinientos pesos a la semana. Para que cada una tuviera, algún día, un sobre que fuera solo suyo.
La primera hoja decía: “Semana 1. 500. Abigail.”
Esta vez eran números de verdad.
A media tarde, mi papá le regaló a Tadeo un teléfono viejo, sin chip, para que jugara. Tadeo se sentó en la banca del patio, muy serio, picándole a la pantalla.
“¿Qué haces, mi amor?”
“Estoy guardando al abuelito.”
Me enseñó la pantalla. Había escrito, letra por letra, como le enseñaron en el kínder:
“ABUELITO 🦖”
Luego llamó a Sarahí, que estaba sentada en las escaleras con sus audífonos.
“Sarahí, ven. Te enseño un juego. Se llama el botón verde.”
Sarahí se sentó junto a él. Tadeo le explicó, con las manos. Sueltas a Pepe. Buscas el teléfono. Buscas la A grande. Le picas al verde.
Sarahí escuchaba muy seria, como escuchan los niños grandes a los chiquitos.
Al final, Tadeo se quedó pensando. Se encogió de hombros.
“Pero ya no lo necesitamos.”
Y se fue corriendo detrás de una paloma, con Pepe colgando de una pata.
Mi papá me miró desde la mesa, con su gorra de los trenes y un pedazo de pastel.
Yo le sonreí.
Y esta vez no era la sonrisa de “no pasa nada”.
Esta vez era de verdad.