HomeHistoriasMi esposo me dejó en el piso de la cocina, se llevó...

Mi esposo me dejó en el piso de la cocina, se llevó las llaves de la camioneta y el dinero que yo había juntado a escondidas. Mi hijo de cinco años levantó mi teléfono estrellado y marcó un número que yo jamás le enseñé. Cuando mi esposo regresó gritando “¿a quién le hablaste?”, la voz que le contestó desde el piso le borró la sonrisa a mi suegra.

Capítulo 12 de 16

Los jueves de doña Chepina

Los jueves en la tarde, mi suegra tenía hora santa.

Eso decía siempre. Se ponía su suéter color vino, su medalla, agarraba su bolso negro y se iba a las cinco. Regresaba a las once de la noche. Nadie le preguntaba nada. ¿Quién le pregunta a una señora que va a rezar?

Yo sí le pregunté a alguien. A doña Petra.

“¿Hora santa hasta las once, mija?” Doña Petra se rió sin ganas, detrás de su mostrador. “En San José Obrero la hora santa es de siete a ocho. Pregúntale a mi Toño, mejor.”

Toño, el hijo de doña Petra, tiene treinta años y trabaja de guardia de seguridad en el casino de la carretera 57, rumbo a Querétaro. Turno de tarde. Me lo había dicho ella la primera noche, cuando me mandó mensaje para ofrecerme que Toño me ayudara a cargar mis cosas.

Toño llegó a la tienda a las cuatro, con el uniforme gris doblado en una bolsa del súper.

“Claro que la conozco, Abigail. Le dicen ‘la señora de la iglesia’. Llega los jueves y a veces los viernes. Siempre a las mismas máquinas, las del fondo, las de las frutas. Tiene tarjeta de cliente frecuente. Le dan café gratis.”

“¿Desde cuándo?”

“Yo llevo cuatro años ahí. Desde que entré, ella ya iba.”

Me quedé callada un momento. Luego le pregunté lo que de verdad quería saber.

“Toño, ¿el viernes 16 de octubre fue?”

Toño se rascó la nuca. Miró a su mamá.

“Ese viernes me acuerdo bien. Porque llegó temprano, a las cinco, y fue directo a la caja a cambiar billetes. Traía un sobre de papel manila, doblado. Lo vació en el mostrador. Doce mil pesos, en billetes de quinientos.” Hizo una pausa. “El sobre se quedó en el mostrador y lo tiré yo a la basura. Tenía un veinticuatro escrito con plumón rojo.”

Doña Petra se tapó la boca con la mano.

“Mi letra”, dijo. “Esa es mi letra.”

Mis doce mil pesos. Veinticuatro semanas de quinientos. Hernán se llevó el sobre a casa de su mamá el jueves en la noche. Y al día siguiente estaban en las máquinas de las frutas.

Esa misma tarde llevé a Toño con el licenciado Cázares, al Centro de Justicia. Toño rindió su declaración en veinte minutos, todavía con la bolsa del uniforme en las piernas. El licenciado Cázares anotó el nombre del casino y dijo que iba a solicitar formalmente sus registros: la tarjeta de cliente, las fechas, los montos cambiados en caja. Esas cosas solo las puede pedir la autoridad. Yo nada más tenía que decir dónde buscar.

También le entregué la caja de zapatos de Lizbeth. Copias. Las originales se quedaron con ella.

Lizbeth, ese mismo día, fue con Xóchitl a presentar una solicitud ante el Juzgado Primero Familiar para que se revisara la custodia de Sarahí. Nueve años después.

“Ya no tengo miedo”, me dijo por teléfono, desde el camión de regreso a Rioverde. “Ya no tengo nada que perder. Y ahora tengo a alguien que me cree.”

El lunes 9 el licenciado Ontiveros presentó un escrito en el juzgado de Tadeo. Xóchitl me lo leyó en voz alta, con cara de asco.

“La demandada se ha coludido con una persona que perdió la custodia de su propia hija por su inestabilidad emocional, una mujer despechada que busca venganza contra la familia Quiroz, para fabricar pruebas falsas y desacreditar a la abuela paterna, una mujer de reconocida trayectoria en su comunidad parroquial.”

“Despechada”, repitió Xóchitl. “Así le dicen a una mujer que pagó nueve años de pensión sin que nadie se lo pidiera.”

Mi papá salió del hospital el martes 10. Con una pastilla nueva, una dieta sin sal y la orden de no subirse al Tsuru en dos semanas.

“El jueves voy”, me dijo.

“Papá, el doctor dijo…”

“El doctor no tiene nietos.”

El jueves 12 de noviembre, a las nueve y media de la mañana, llegamos al pasillo del Juzgado Segundo Familiar.

Mi suegra ya estaba ahí.

Sentada en la banca de madera, con su suéter color vino y un rosario entre los dedos. A su lado, una señora de pelo pintado de caoba, con un portafolios de piel: la psicóloga Ernestina Gallardo.

Mi suegra levantó la vista cuando me vio llegar.

Y me sonrió. Dulce. Tranquila. Como en las fotos de Facebook después de misa.

Como si no hubiera pasado nada.

Continúa en la siguiente página