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Mi esposo me dejó en el piso de la cocina, se llevó las llaves de la camioneta y el dinero que yo había juntado a escondidas. Mi hijo de cinco años levantó mi teléfono estrellado y marcó un número que yo jamás le enseñé. Cuando mi esposo regresó gritando “¿a quién le hablaste?”, la voz que le contestó desde el piso le borró la sonrisa a mi suegra.

Capítulo 13 de 16

La audiencia

La sala era chica. Una mesa larga, la jueza Beatriz Zúñiga en la cabecera, una secretaria con su computadora, el escudo de San Luis en la pared. Hernán y su abogado de un lado. Xóchitl y yo del otro. Mi papá en la primera fila de sillas, con su gorra en las rodillas.

Hernán no me miró. Llevaba la camisa de la planta, planchada. Se veía flaco.

El licenciado Ontiveros empezó. Pidió que se reprodujeran los videos. Los nueve. Y luego el de la noche de la tanda, los dos minutos y cuarenta y un segundos.

Ahí estaba yo otra vez, en la pantalla de la sala. En el piso. La leche. Mi cara.

Me obligué a mirar. No bajé los ojos.

Luego pasó la psicóloga Gallardo. Leyó su dictamen con voz firme. “Trastorno depresivo mayor.” “Riesgo para la integridad emocional del menor.” “Entrevista con familiares directos.”

“¿Usted entrevistó a la señora Cordero?”, preguntó Xóchitl.

“No fue necesario. El material videográfico es suficiente.”

“Gracias.”

Entonces le tocó a Xóchitl.

Primero, el dictamen del DIF. La licenciada Moctezuma no encontró ningún trastorno depresivo mayor. Encontró “sintomatología ansiosa compatible con una situación prolongada de violencia en el ámbito familiar” y “un vínculo materno-filial sano y protector”. Y una frase que Xóchitl leyó despacio: “La evaluada reconoce sus emociones y conserva plenamente su capacidad de cuidado.”

Después, la grabación de mi papá. Con el dictamen de un perito en informática: la grabación era original, sin cortes, y la hora del archivo coincidía con la del video de mi suegra. Hasta el segundo.

En la sala se oyó la voz de Hernán: “¿No te dije que si le hablabas a tu papá no volvías a ver al niño?”

Hernán cerró los ojos.

“Su señoría”, dijo Xóchitl, “esta parte ofrece además el testimonio de la señora Lizbeth Aguayo Medina.”

El licenciado Ontiveros se levantó a protestar. La jueza lo dejó terminar y luego dijo: “Que pase.”

Lizbeth entró con su caja de zapatos. Se sentó. Le temblaban las manos, pero la voz no.

Contó lo de 2017. Las ventanas. Los siete videos. Los sábados de convivencia.

Luego Xóchitl puso sobre la mesa dos documentos. El dictamen de 2017, copia certificada del expediente 1187/2017. Y el dictamen de 2026.

“Su señoría, le pido que compare el tercer párrafo de ambos.”

La jueza se puso los lentes. Leyó. Volvió a leer.

Los mismos tres párrafos. Palabra por palabra. Solo cambiaba el nombre. “La C. Lizbeth Aguayo Medina” por “La C. Abigail Cordero Loera”. Hasta tenían el mismo error de dedo: “intergridad”.

La psicóloga Gallardo se puso pálida.

“Licenciada Gallardo”, dijo la jueza, sin levantar la voz. “¿Tiene usted alguna relación con la familia del actor?”

La psicóloga miró a mi suegra. Mi suegra miraba su rosario.

“Soy…” Carraspeó. “Soy madrina de confirmación del señor Quiroz.”

Un silencio que se podía cortar.

Yo me levanté. No estaba en el plan. Xóchitl me miró, y luego asintió.

Saqué de la caja de Lizbeth las ciento once fichas de depósito, amarradas por año, y las puse sobre la mesa, frente a la jueza.

“Y esto, señora jueza, es lo que doña Josefina recibió para Sarahí. Dos mil quinientos pesos al mes, desde julio de 2017. Doscientos setenta y siete mil quinientos pesos.”

Hernán abrió los ojos.

Miró las fichas. Miró el nombre en las fichas. Miró a su mamá.

“¿Cuál dinero?”

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