Capítulo 5 de 16
Lo que dirá la gente
A las tres de la tarde tocaron el zaguán.
Una patrulla municipal y un carro blanco con el logo del DIF estatal. Dos policías. Una señora de lentes, con una carpeta, que se presentó como trabajadora social de la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes.
“Recibimos un reporte, señora. Su esposo dice que usted sustrajo al menor del domicilio anoche, en un estado de crisis, y que lo tiene aquí sin su consentimiento. Tenemos que ver al niño.”
Sentí que el piso se me iba otra vez.
Mi papá abrió el zaguán de par en par.
“Pásenle. Está en el patio.”
La trabajadora social se sentó con Tadeo junto a los geranios. Le preguntó cómo se llamaba, cuántos años tenía, qué había desayunado. Tadeo le dijo que conchas. Que Pepe era un dinosaurio herbívoro. Que su abuelito tenía una gorra de trenes.
“¿Y anoche qué pasó, Tadeo?”
“Mi mamá se cayó con la silla y lloraba. Y yo jugué el juego del botón verde.”
“¿Cuál juego es ese?”
Tadeo se paró, muy serio, para explicárselo con las manos. “Sueltas a Pepe. Buscas el teléfono. Buscas la A grande. Le picas al verde. Y dices: Abuelito, por favor ven. Mamá necesita ayuda. Y el abuelito viene.”
La señora sonrió. Anotó algo en su carpeta. Mucho rato.
A mí me hizo preguntas en la cocina, sola. Le conté. No todo. Lo de la tanda, lo del teléfono, lo de la silla. Le enseñé mi teléfono estrellado.
Mientras ella escribía, me sonó el teléfono. Hernán. Mi papá me miró. Contesté.
“¿Ya llegó el DIF?”, dijo. “¿Ya viste que no estoy jugando?”
“Hernán, ¿por qué haces esto?”
Y entonces, por primera vez, me lo dijo. A gritos. Como si llevara meses guardándolo.
“¿Por qué? ¿Quieres saber por qué? Mi madre lloró tres semanas por lo del padre. Tres semanas. Y tú, en lugar de quedarte callada, ¿qué hiciste? Te sentaste en su silla. ¡Cobrando!”
Abril. El 13 de abril de 2026. El padre Lorenzo me ofreció llevar la contabilidad de la oficina parroquial. Cuatro mil ochocientos pesos por quincena. Era el trabajo que antes hacía su tesorera, más ordenado, con recibos. Dije que sí. Ese mismo día. Sin preguntarle a Hernán.
Fue la primera vez en cinco años que decidí algo sola.
“¿Qué iba a decir la gente, Abigail? ¿Que mi mujer trabaja para el cura que corrió a mi madre? ¿Que yo no te mantengo?”
Tenía razón en una cosa. No le pregunté. No le pedí permiso.
En lo demás, no.
Duré tres semanas en la parroquia. A finales de abril, Hernán llegó a la oficina del padre y dijo que yo ya no iba a ir. Se quedó con la tarjeta donde me depositaban. Y desde entonces la ubicación de mi teléfono se revisaba todas las noches.
Por eso empecé la tanda. Por eso escogí el número veinticuatro.
Hernán seguía gritando cuando le colgué.
La trabajadora social cerró su carpeta. Los policías ya estaban en la patrulla. Mi papá la acompañó al zaguán y yo fui detrás.
En el umbral, ella se detuvo. Miró hacia el patio, donde Tadeo le daba agua a los geranios con una tacita.
Luego me miró a mí. Bajó la voz.
“Señora, en el reporte de su esposo viene un número de expediente. De un juzgado familiar.” Dudó un segundo. “¿Usted sabe que hay una demanda de custodia en su contra desde el 2 de octubre?”
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