Capítulo 11 de 16
Ciento once fichas
Llegó a las siete y diez de la mañana, en el primer camión de Rioverde.
Treinta y tres años. Más delgada que en las fotos que nunca vi. El pelo recogido en una cola, la bata de la farmacia todavía puesta debajo de la chamarra, como si hubiera salido corriendo de su turno. Traía una caja de zapatos de cartón, amarrada con un mecate.
Nos sentamos en la cafetería del hospital. Café de olla en vasos de unicel.
“No dormí”, me dijo. “Vi tu video once veces. A la doce me di cuenta de que me estaba viendo a mí.”
Desamarró el mecate.
Adentro había un sobre amarillo. “Juzgado Primero Familiar. Expediente 1187/2017.” La copia de su juicio.
Siete videos. De enero a mayo de 2017. Una mujer joven, sentada en el piso de una cocina, con las manos en la cara. Vista de lejos, por dos ventanas.
Mi cocina.
Lizbeth vivió con Hernán en esa misma casa. La misma ventana. El mismo refrigerador. Y la misma voz encima, con pena:
“Otra vez está tirada. Pobrecita mi nieta.”
Luego, un dictamen psicológico. Tres hojas. Membrete. Firma.
Ernestina Gallardo.
“La conocí en la sala del juzgado”, dijo Lizbeth. “Nunca me había visto antes. Dijo que yo tenía un trastorno depresivo con riesgo para la niña. La jueza le creyó. Me dieron convivencias supervisadas, los sábados, dos horas. Fui once sábados. Diez veces la niña estaba ‘enferma’. La vez que la vi, doña Josefina se sentó en medio de las dos.”
“¿Y después?”
“Después me cansé. Me fui a Rioverde con mi papá. Pensé que si dejaba de pelear, por lo menos la dejaban crecer en paz.”
Sacó el resto de la caja.
Fichas de depósito. Del banco. Amarradas con ligas, por año. Ciento once fichas. Cada una por dos mil quinientos pesos. Todas a la misma cuenta. Titular: Josefina Alemán Ruiz.
“Desde julio de 2017”, dijo. “Doña Josefina me dijo que le depositara a ella, porque Hernán no quería saber de mí. Que ella le compraba a la niña lo que necesitara. No falté ni un mes. Ni cuando me quedé sin trabajo en 2020. Ese mes empeñé la cadena de mi primera comunión.”
Soy contadora. Las conté dos veces, en la mesa de la cafetería, con los dedos temblando.
Julio de 2017 a septiembre de 2026. Ciento once meses. Doscientos setenta y siete mil quinientos pesos.
“Sarahí me cree mala”, dijo Lizbeth. Lo dijo sin llorar. Como quien ya lloró todo. “Su papá le dice que nunca di un peso por ella. Que me fui y no volví a preguntar.”
Me quedé viendo las fichas.
“Lizbeth. Hernán le dice a todo el mundo que tú nunca diste un peso. A mí me lo dijo cien veces. Se le pone la cara roja cuando lo dice.” Levanté la vista. “¿Y si él no lo sabe?”
Lizbeth se quedó quieta.
A las ocho y media una enfermera nos avisó que mi papá había despertado y preguntaba por mí.
Entramos las dos.
Mi papá estaba sentado en la cama, con la bata del hospital y los cables. Me vio a mí primero. Luego a ella. Se le arrugó la cara.
“Tú eres la hija de Cipriano.”
“Sí, don Nemesio.”
“Tienes los mismos ojos que tu papá.” Le estiró la mano. “Perdóname por haber ido así, a la farmacia. Sin avisar.”
Lizbeth le agarró la mano. Y ahí sí lloró.
Yo me quedé en la puerta, con la caja de zapatos contra el pecho. Haciendo la única pregunta que importaba.
Si Hernán no sabía de esos depósitos, ¿a dónde se habían ido doscientos setenta y siete mil quinientos pesos?
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